La gran necesidad del hombre: ayuda idonea
El hombre recibió el poder sobre las criaturas y, como prueba de esto, les puso
nombre a todas. Este hecho muestra además su discernimiento en cuanto a las obras de Dios.
Aunque era señor de las criaturas, nada de este mundo era una ayuda idónea para el hombre. De Dios
son todas nuestras ayudas. Si descansamos en Dios Él obrará todo para bien. Dios hizo que un sueño
profundo cayera sobre Adán; por cuanto no conoce el pecado, Dios cuida que el hombre no sienta
dolor. Dios, como Padre de ella, trajo la mujer al hombre, como su segundo ser y como su ayuda
idónea. Esa esposa, hechura de Dios por gracia especial, y producto de Dios por providencia
especial, probablemente demuestre ser la ayuda idónea para el hombre. Véase qué necesidad hay,
tanto de prudencia como de oración, al elegir esta relación que es tan cercana y tan duradera. Había
necesidad de hacer bien esto que se hace para toda la vida. —Nuestros primeros padres no
necesitaban ropa para cubrirse del frío o el calor pues no podían dañarlos: tampoco la necesitaban
para ataviarse. Así de desahogada, así de feliz era la vida del hombre en su estado de inocencia.
¡Cuán bueno era Dios para él! ¡Con cuántos favores Él le cargó! ¡Cuán ligeras eran las leyes que le
fueron dadas! Sin embargo, el hombre, en medio de toda esta honra, no entendió su propio interés
sino que pronto se volvió como las bestias que perecen
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